Hace unas semanas tuve el inmenso honor de graduarme con la distinción Summa Cum Laude en mis dos grandes pasiones: Diseño e Ingeniería Biomédica, en la Universidad de los Andes. Como cierre de este ciclo, la Facultad de Arquitectura y Diseño (ARQDIS) publicó una nota muy especial en la que me invitaron a reflexionar sobre mi experiencia.
Pueden leer el artículo completo aquí: ¿Por qué estudiar Arquitectura o Diseño en la Universidad de los Andes?
Sin embargo, al leer la nota y mirar hacia atrás, no puedo evitar pensar en cómo llegué hasta acá. La verdad es que llegar a este punto fue transitar un camino que, al principio, no había planeado en absoluto.
Cuando salí del colegio pensé que tenía la vida resuelta. Sabía qué quería estudiar y dónde. Entré a Diseño Industrial y Comunicación Social convencida de que ese era mi lugar, hasta que una clase cambió mi forma de verme a futuro.
Tras cuatro semestres llegó “Ergonomía Física para Diseñar”, una materia que reconectó algo que creía olvidado: mi interés profundo por el cuerpo humano y su funcionamiento. Gracias a una profesora que aún admiro profundamente, descubrí la Ingeniería Biomédica y entendí que ahí convivía todo lo que me gustaba de la medicina, el diseño y la ciencia. Ese mismo semestre decidí dar un salto al vacío: hice transferencia a Uniandes y poco después empecé mi doble programa.
El inicio no fue nada fácil. Como venía de otra universidad y estaba viviendo mi primera experiencia en Uniandes en plena virtualidad, sentí una presión inmensa por avanzar rápido y “recuperar” el tiempo que sentía haber perdido. Inscribí créditos extra y mezclé cursos muy exigentes, sin pensar lo que significaba empezar una ingeniería después de más de dos años sin hacer un cálculo básico.
La realidad me aterrizó rápido y sin frenos. En Lenguaje de Diseño saqué por primera vez una nota por debajo de 3, y poco tiempo después, el segundo parcial de Cálculo Diferencial se convirtió en la peor nota de mi vida universitaria. El golpe fue duro. Llegué a cuestionar todas mis decisiones, pero en medio de esa crisis entendí algo que terminaría marcando mi paso por la universidad: no se trataba de avanzar más rápido, sino de encontrar mi propio ritmo.
Con el tiempo empecé a disfrutar el proceso y descubrí el valor del balance. Aprendí a equilibrar lo científico y lo creativo, el estudio y el ocio, el afán y la calma. Comprendí que, en un ambiente interdisciplinario, la alta sensibilidad que aprendí a construir como diseñadora me permitía aterrizar el carácter racional, pragmático e investigativo de la ingeniería.
Ese aprendizaje integral tomó forma en mi proyecto de grado en Diseño: “A uno se le olvida lo que es vivir sin dolor”. El dolor crónico es una experiencia profundamente subjetiva que afecta la percepción de la realidad, dificultando la empatía con el entorno. Ante la insuficiencia de las herramientas actuales, mi propuesta buscó comunicar el dolor más allá de las palabras o las escalas numéricas. Usé el diseño como una herramienta para generar empatía, creando un lenguaje visual capaz de hacer visible una experiencia que es profundamente íntima.
Hoy, con el diploma en mano, sigo construyendo un camino donde el diseño, la salud y la experiencia humana no compiten entre sí, sino que se complementan. El diseño Uniandino actúa como un vínculo, uno capaz de adaptarse a otras áreas de conocimiento y potenciarlas.
Los invito a darse una vuelta por la publicación original en el portal de ARQDIS para conocer más sobre este enfoque, y sobre todo, para descubrir los increíbles proyectos con impacto social desarrollados por mis compañeras de promoción. A veces, los mejores caminos son los que no planeamos.